Navidad en la aldea perdida

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Banduxu celebra las fiestas en la paz de la soledad, solo alterada por el oso y el lobo

Apenas asoman unos rayos de sol y un fuerte viento azota el bosque. La sinuosa carretera que nos lleva a Bandujo (Proaza) está cubierta de hojarasca y entre las ramas de los castaños y robles ya semidesnudas que anuncian la inminencia del invierno se asoma la silueta de la torre medieval de los Tuñón. Estamos llegando. Tras pasar Proaza y desviarnos hacia el monte, en dirección a Proacina, en poco tiempo se divisa Bandujo. Un viaje en el tiempo que nos acerca a una aldea perdida, situada a  660 metros de altitud en donde sus 15 vecinos aguantan el tirón de la despoblación, mal endémico de Asturias.

band3La zona rural agoniza y la de montaña más. Unas pocas casas, con sus huertas y hórreos, se asientan sobre la ladera que baja desde La Mostayal hasta el río Trubia. Este pueblo se mantiene intacto a través de los años, y por él parece que los siglos han pasado como si nada. Y a pesar de ser pocos, el paro ha hecho regresar a algunos más a las casas de sus padres y abuelos, al solar de sus antepasados. Es más barato vivir en la casa familiar, con una buena despensa surtida de los productos de la huerta y de la matanza, que quedarse en la ciudad.

Es el caso de Joaquín Álvarez Fernández, de 45 años, gruista de profesión y una de tantas víctimas de la crisis del sector la construcción. Pero estar en paro no significa estar de brazos cruzados y parte leña sin parar, para ir guardando, en previsión de días más fríos, que en este pueblo lo son. Y también para calentar el horno que hará la cena en Nochebuena. “Aquí, nada, cenaremos, veremos un poco la tele y luego para la cama”. Sencillez, tranquilidad, conversaciones familiares y al día siguiente,  volver a madrugar (un poco menos) porque la tierra no entiende de jornadas festivas.

Quedan pocas personas en este pueblo de montaña y cuando llegan las fiestas navideñas no se juntan entre ellas como antaño. Prefieren sentarse en la mesa de sus casas con los suyos, aunque la solidaridad vecinal es sagrada y cuando algún vecino es mayor y está solo se le invita a tomar un licor y a mojar en él la rosquilla, junto a las familias. Se le hace compañía y se “pasa un ratín con él”.

Buena fauna

Puede aparentar que Bandujo es un pueblo solitario. Sin embargo, aunque es escasa la población, a los pocos que hay se les ve muy activos. Por sus calles se siente bullicio. Llega un camión con mercancías que se las ve para poder maniobrar por mitad del pueblo. Se oyen gritos, aunque no de niños; paisanos avisando a otros; un jubilado asomado a su corredor, al que no parece que le afecte el frío, contemplando desde lo alto todo el valle; otros apilan y cortan leña, o atraviesan con su ruidoso tractor los caminos, seguidos por varios perros que corren tras el vehículo intentando alcanzar a su amo… Pero además del murmullo humano Bandujo tiene la compañía siempre presente del ganado (cada vez menos) y de la fauna salvaje (cada vez más).

La soledad de este pueblo no es tal (al menos hasta que se cierre la veda) si tenemos en cuenta la cantidad de coches y remolques de cazadores que nos encontramos por toda la zona, desde Proaza hasta Bandujo. Se oyen los ladridos de los perros sabuesos, idas y venidas de individuos con chalecos chillones y armas en la mano. Y es que estos montes albergan buena y numerosa fauna, aunque la mayoría está protegida: jabalíes, raposos, venados, buitres, osos… Estos últimos abundan por este valle, posiblemente el más osero de Asturias y, por tanto de la cornisa cantábrica.

En Bandujo o Banduxu, como le llaman sus pobladores, la vecindad con el oso es algo habitual y lo tienen perfectamente integrado: “anda por aquí y no son pocas las veces que le hemos visto en mitad del camino, porque bajan a comer figos. De día se les ha visto merodeando y si nos ven marchan. Otra cosa ye de noche, que da un poco más de miedo. Cruzarse con un ejemplar de estos no ye ninguna tontería y a veces puede ocurrir”. Quien habla así es José Manuel Álvarez de 78 años, que viene de coger huevos y de ver la tierra.

Natural de Sograndio, se vino a casar con su mujer hace 30 años a Bandujo y estuvo toda la vida “detrás del ganado por los montes de Cuallagar”. Él tiene claro lo que va a hacer en estas fiestas, comer casadiellas echas con avellanas y pitu de casa, todo ello regado con buena sidra. Las casadiellas y el pitu parece ser lo más habitual en las caserías de Bandujo. Materia prima de primera, elaboración artesanal y sin salir del pueblo y todo riquísimo.

Estarán tranquilos y no se espera que acuda gente de fuera, de los que tienen casa cerrada pero viven en las ciudades porque el campo ya no da para vivir. “Y los que quedamos aquí lo tenemos difícil porque ya no nos dejan trabajar la huerta, nos la destrozan los jabalíes, los lobos y hasta los osos, pero como están todos protegidos… Yo ya ni me molesto en denunciarlo” explica José Manuel en tono recriminatorio, bajo el cobijo de la gran torre circular que en el pueblo dicen que ya estaba construida desde “la época de los moros y esa puerta que ves la hicieron luego, porque antiguamente se entraba por un pasadizo desde la casona, que era del moro”.

La torre tiene una presencia constante en Bandujo. Es el centro del pueblo y se ve desde cualquier ángulo. Todo lo vigila y es el referente de esta aldea de montaña.

Y aunque esta antigua fortaleza medieval blasonada con el escudo de los Álvarez de Bandujo y los Tuñón es del siglo XIV, José Manuel habla con propiedad, pues esta aldea es el primer asentamiento medieval ganadero que se conoce. Situada sobre la antigua “braña de Atambo”, ya se cita por el siglo VIII, momento en el que los musulmanes entraron en España. No lejos de allí, además, se encontró un as romano de la época de Augusto, lo que demuestra que a pesar de ser este un lugar aislado ya estaba poblado desde muy antiguo.

Postal navideña

Bandujo es de una gran belleza. Rodeado de verdes praderas, bosques y montañas (se ubica a media ladera) puede ser un pueblo de postal navideña, nevado, y casitas de piedra con el humo saliendo por sus chimeneas, tal como nos imaginamos en Navidad. Y aunque está situado en una cota elevada “no nieva mucho”  dice José Manuel, algo que, sin embargo, sí ocurre en el acceso al pueblo, que está bastante más alto, lo que provoca algunos problemas cuando hay mal tiempo, pues es el único paso rodado posible “aunque no solemos quedarnos incomunicados”. Por supuesto, siempre quedan los caminos y las pistas que llegan hasta Cuevallagar y de allí a Yernes y Tameza y Grado, pero eso es para los más valientes y especialmente cuando llega el invierno.

band4José María Siñeríz nos recibe en su casa, acogedora y caliente, para poder hablar al abrigo de la intemperie. Ha empezado a llover fuerte y las nubes empiezan a cubrir el valle. Las rachas de viento frío nos anuncian temporal. Este vecino, jubilado de Oviedo pasa largas temporadas en su casa de Bandujo. “Yo no soy de aquí, eran los abuelos de mi mujer, pero nos gusta venir mucho”. Cuenta que el pueblo ha ido perdiendo población y en la actualidad “solo quedan cinco casas abiertas todo el año”. En verano la cosa cambia y hay más vida. Se puede observar que muchas viviendas están arregladas desde no hace mucho tiempo, aunque en invierno gran parte de ellas permanecen cerradas.

“La mayoría de la gente que es de Bandujo trabaja en Oviedo y salvo los jubilados como yo, vienen poco. A mí me gusta pasar aquí largas temporadas, también en invierno”. José María va a celebrar este año la Nochebuena en Oviedo, aunque es posible que vuelva al pueblo para Nochevieja. En cuanto pueden, se escapan de la ciudad.

Las fiestas de antes eran mejores

Avelino Suárez García recuerda cómo han cambiado las navidades en Bandujo. “Ahora la gente se junta en su casa y muchos van a Oviedo con sus hijos y nietos, pero hace años nos uníamos y hacíamos fiesta en un salón que había en el pueblo, en el barrio de La Molina. Teníamos poco, menos que ahora, pero yo creo que nos divertíamos más”, explica y añade “ahora la juventud se va a las discotecas, y las fiestas son menos familiares pero no lo pasan tan bien como nosotros”. Reflexiona y añade: “bueno quizás ahora empiece a venir más gente al pueblo con eso de la crisis y el paro”.

A Avelino le gusta comer en Navidad rosquillas amasadas en el horno de leña y también las casadiellas, que parece que son el plato estrella de Bandujo y por supuesto la pita “con un poco de arroz” y vino. Recuerda que cuando eran pequeños a veces los padres alargaban el presupuesto y les daban una onza de chocolate que compraban en Proaza o en Trubia. Eran otros tiempos.

Muchas casas vacías, hórreos, paneras, huertas y algunos edificios con piedra trabajada dan a este pueblo asturiano un aire noble y austero. Preside el caserío la gran torre circular, bien restaurada, junto con otra torre cuadrada, esta posterior, del siglo XVIII, con las armas de los Álvarez de Bandujo, Tuñón y Miranda.

La mayoría de los que viven en Bandujo todo el año son personas mayores, retiradas de la mina, trabajadores de la madera, algunos funcionarios o empleados de los ayuntamientos cercanos o antiguos obreros de Hierros y Aceros de Santander.

María Teresa Fernández pregunta desde la ventana a su hijo Joaquín, que sigue picando leña, si le quedan corderos para matar y vender en Navidad porque le acaban de llamar por teléfono con un pedido. El niega con la cabeza. Está todo vendido. Para María Teresa lo importante de las fiestas no es lo que se coma o donde se celebre ni cómo “si no que se haga en paz y en familia”, algo que para ella es lo fundamental de estas fiestas. Jubilada, de 67 años, su intención es cenar tranquila, ver un poco la tele y luego ir para la cama a descansar.

 

Un pueblo muy antiguo

band1Bandujo es uno de los asentamientos más antiguos del interior de Asturias. En medio de un paraje de montaña, con grandes pendientes que caen verticales sobre el valle del Trubia, su aspecto no ha variado desde la Edad Media. Conserva en perfecto estado la torre que era el signo del poder local. Los Álvarez de Bandujo (todavía la mayoría de sus vecinos llevan este apellido) emparentaron posteriormente con los Miranda y los Tuñón. La torre tiene todavía uso residencial y la distribución interior es la misma que tenía hace setecientos años. Mide 12 metros de altura y siete de diámetro. Tiene saeteras y ventanas cortejadoras. La puerta de arco de medio punto del primer piso es la original, mientras que la del bajo, adintelada, es muy posterior. Al lado de la torre hay una casona que en su día fue cárcel y ayuntamiento. El pueblo cuenta con cuatro barrios: El Palaciu, El Toural, Campal y La Molina. Su iglesia, Santa María,  es de fábrica románica y se vanagloria de ser la más antigua de Proaza.

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