Coalla el sanguinario. Vida de Gonzalo Peláez, conde y bandido

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Desde hoy y de forma periódica (a modo de folletín) me propongo ofreceros en este blog una entrega de mi obra inédita Coalla el sanguinario, Vida de Gonzalo Peláez, conde y bandido el malhechor medieval asturiano que, apoyado por el obispo de Oviedo, aterrorizó a los asturianos durante años y llegó a quemar y saquear  la villa de Grado. Este noble-bandolero  vivió en el cruce de los siglos XIII y XIV  y fue el representante asturiano de una legión de nobles europeos que se dedicaron a asaltar caminos y a cometer fechorías en beneficio propio, en una época muy compleja de cambios sociales y económicos difícilmente asimilables por esos guerreros norteños  que veían llegar el fin de sus tiempos. Crisis de la Edad Media en su última etapa en la que los valores cambian y en donde asoma ya el mundo moderno, el del Renacimiento y el resurgir del comercio y con él, el de las ciudades. Aquí va la presentación de la obra. Que lo disfrutéis.

En efecto, rematado ya su juicio vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dió loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama

Miguel de Cervantes. Don Quijote

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Restos del castillo de Tudela (foto de Urbano Suárez)

En mi ingenuidad y por cierto ideal caballeresco que siempre me acompañó, creía hasta no hace muchos años que el caballero medieval lo era por sus méritos, por su nobleza de espíritu, su cordura y fortaleza, su mesura, su sentido de la justicia, su defensa de las damas y de los oprimidos y que su misión principal era “deshacer agravios”. Con el tiempo descubrí otra realidad y se derrumbó este romántico concepto en favor de otro muy diferente: el del noble traidor, desleal, interesado, criminal, corrupto,  hipócrita, malhechor y oportunista. Pese a todo y como don Quijote, seguiré creyendo en otro tipo de nobleza que no porta armas ni títulos y defendiendo las virtudes caballerescas.

Y entre las razones que me descabalgaron de Rocinante está un nombre: Coalla, noble malhechor asturiano de la Baja Edad Media, del que oí hablar hace unos años. Sus “méritos” consistían en ser salteador de caminos, forzador de mujeres, asesino y ladrón. Se llamaba Gonzalo Peláez y su nombre y fama perduran hasta nuestros días. A buen seguro que si se hubiera cruzado en el camino con el caballero de La Mancha habría buena lid.

Investigando la vida de este malhechor llegué a una conclusión: el caballero de la Baja Edad Media tenía doble envés. Podía ser bueno o malo, según las circunstancias. Me explico: los caballeros eran sobretodo guerreros y estaban acostumbrados a luchar y a usar la violencia. En tiempos de paz o cuando la frontera bélica se hallaba lejana, las mesnadas y huestes que andaban ociosas eran muy peligrosas y se dedicaban a  su oficio, que era lo único que sabían hacer, pero contra gentes pacíficas o desarmadas. Por eso se daba la circunstancia de que un municipio podía contratar los servicios de un caballero para acabar con unos bandidos obviando que ese mismo caballero, previamente, se había dedicado a asaltar caminos. Tal situación creó esta época final de la Edad Media en donde el burgués y el comerciante empezaban a tener mayor peso en la vida social frente a un guerrero ya decadente alejado del campo de batalla y vueltas sus armas contra sus propios vecinos para conquistar su pan y algo más.

En el año 1992 subí por primera vez al picu Castiello, tras dejar el coche en una aldea cercana a La Mortera,  próxima a Olloniego (Oviedo). Allí me encontré con las ruinas de la torre del homenaje del que en su día fuera el castillo de Tudela, uno de los más importantes de Asturias tanto por su estratégica situación -controlando las comunicaciones con la Meseta- como por su carácter inexpugnable y su dimensión. Olvidado de todos, seguía allí tutelando el valle, acompañado por ruidosos cuervos, cada vez más viejo y mimetizándose con la naturaleza de su entorno.

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Castillo de La Mota (Medina del Campo-Valladolid)

Castillos que me cautivaron

Siempre me cautivaron los castillos. Con ocho años visité el de La Mota, en Medina del Campo y el de Coca, cercano a éste. Aquellos si que eran castillos, con su torre del homenaje, sus mazmorras, sus fosos… En Asturias nunca había visto ninguno y durante mucho tiempo pensé que tales fortalezas no habían existido jamás al norte de Pajares.  Estaba confundido. Haberlos húbolos, grandes y pequeños y en gran número. Se han identificado en la actualidad nada menos que 234 asentamientos a los que hay que añadir otros 54 de los cuales hay referencias bibliográficas pero que no han podido ser localizados o simplemente han desaparecido.

Me impresionó la torre de los Valdés, en Salas, del siglo XV, con sus sótanos destinados a mazmorras. Debe ser la fortificación medieval asturiana mejor conservada. Me cautivaron las ruinas del torreón de Soto de Aller, del siglo XI, sobre ese crestón rocoso y protegido por el río Aller que transporta las frías aguas de las nieves de la cordillera Cantábrica y que perteneció al tío de doña Jimena, la esposa del Cid. Me asombró ese torreón soberbio de Peñerudes, junto al pueblo del mismo nombre y en donde comí la mejor fabada de España. Mis propios antepasados por parte materna habitaron durante generaciones un caserón en Lluera (Avilés) al que llaman La Torre que, originalmente, había sido una fortaleza medieval desde la que se controlaba la Ría de Avilés. Yo había dormido entre sus muros y había escuchado a mis mayores historias de fantasmas que arrastraban cadenas.

Por eso, cuando subí al picu Castiello la silueta recortada de aquella digna y solitaria ruina  enseñoreándose entre las brumas matinales del valle del Nalón se apropió también de mi espíritu. Misteriosa y fantasmal, visible desde muchos puntos del valle, me trasladaba a otros tiempos. Esa imagen me persiguió durante años y aunque no volví a subir más a esta colina siempre que viajé hacia Mieres desde Oviedo, o que me aventuré por la antigua carretera de Castilla desde San Esteban de las Cruces en dirección al alto del Padrún, mis ojos buscaban insistentemente su rara silueta recortada a lo lejos en aquella altura majestuosa.

Quise saber más de ella y  hurgué en su pasado ¡y vaya si tenía historia! Y su historia era la  de la rebeldía, la epopeya de un conde que desde esta fortaleza se hizo fuerte en defensa de la libertad de Asturias frente al centralismo castellano. Se llamaba Gonzalo Peláez, pero, salvo el nombre, no tenía nada que ver con el conde del que vamos a hablar. Otro misterio más para el castillo de Tudela: dos condes homónimos separados por dos siglos se defendieron a muerte de sus atacantes entre los sólidos muros del mismo torreón.

Del primero me documenté hacia 2007 con la intención de recabar información para escribir una novela histórica, proyecto que por diversos motivos nunca llevé a cabo. En la biblioteca del Campus del Milán de la Universidad de Oviedo encontré una joya, un estudio de la historiadora Elida García sobre Gonzalo Peláez. Era el trabajo de más profundidad que se había realizado sobre este conde rebelde y el que mayores aportaciones hacía sobre los castillos que ocupó que, curiosamente, en su mayoría también había ocupado su indigno sucesor.

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Pueblo de Coalla (Foto de Busto)

El conde bueno y el malo

Pasó el tiempo y mis investigaciones sobre el primer conde Gonzalo Peláez me habían llevado por curiosidad e involuntariamente a acercarme al otro conde, el de Coalla. Los dos me eran familiares: el conde bueno y el malo, ambos con un escenario común: el castillo de Tudela. Ambos nobles levantiscos contra su rey y la autoridad, aunque por motivos muy diferentes. El primero fue un caballero que perseguía nobles ideales y el segundo un bandido que buscaba su enriquecimiento a costa del trabajo y el sufrimiento de los demás y al que no le importaba en su afán de botín violentar a gente pobre e inocente.

Años después el conde Coalla se cruzó nuevamente en mi camino o yo en el suyo. Otra casualidad más, porque hablando un día de este noble en un bar, una persona se me acercó y me confesó ser el propietario de la finca en el pueblo de Coalla en la que, antaño, estuvo su solar. Incluso me confirmó que sus abuelos, labradores, encontraron cuando cavaban la huerta algunas losas de grandes dimensiones.

El nombre del prado no dejaba lugar a dudas: “el torreón”. Para allí fui, saqué unas fotos y publiqué el reportaje en La Nueva España. La experiencia me sirvió para acopiar diverso material bibliográfico que me fue acercando a este interesante personaje de la historia de Asturias. Entre este material obtuve una copia del libro La historia de una comarca asturiana: Grado y su concejo de Don Álvaro Fernández-Miranda, en el que dedica un extenso capítulo a relatar las andanzas del conde Coalla.

Fernández-Miranda había nacido en Oviedo en 1855 y murió en la misma ciudad en 1924. Hijo del general Pablo Fernández de Miranda era vizconde de Campo Grande y fue uno de los precursores de las ideas políticas regionalistas. Su afición a la historia le llevó a convertirse al final de su vida en académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

Este autor partía de escasos datos verídicos para urdir una fabulosa y entretenidísima trama sobre la vida y muerte del conde. Su estilo recargado, romántico pero a la vez ameno e idealista, al estilo de los folletines decimonónicos, captó mi interés y me animó a poner en marcha la elaboración de Coalla el sanguinario.

La vida de Gonzalo Peláez de Coalla aparece recogida no de forma monográfica sino como parte de la propia historia de la Baja Edad Media asturiana y otros estudios especializados por muy variados autores clásicos y modernos. Entre los primeros destaco a Félix Aramburu, José Caveda y Nava, Fermin Canella y Matías Sangrador. De los actuales historiadores quiero referirme a Juan Ignacio Ruiz de la Peña, Javier Rodríguez Muñoz y Juan Uría Maqua. Solamente he podido encontrar dos estudios monográficos del conde Coalla: el capítulo del citado Álvaro Fernández Miranda sobre la historia de Grado y un breve trabajo de la arqueóloga María Cristina Arca Miguélez dentro de una colección más amplia titulada Asturianos universales.

Ambos autores cronifican de manera diferente la vida de Gonzalo Peláez. Mientras Arca relata las primeras andanzas del conde al servicio del obispo de Oviedo en los castillos de éste, para pasar posteriormente al saqueo de Grado, Fernández Miranda lo hace al revés.

Partiendo de la cronología de Fernández-Miranda, que me pareció la más verosímil y lógica, empecé a escribir (y a experimentar). No hice un trabajo de historiador, pues no lo soy. Y aunque acudí a las fuentes originales, trabajé más con el material producido por los historiadores a partir de las escasísimas noticias que han llegado a nuestros días. Mi trabajo fue periodístico y consistió en recopilar toda la información que sobre el conde Coalla hay dispersa. La suma de todos los retazos de la vida del malhechor medieval no era suficiente para trazar una biografía, así que hice otra cosa: estudié la Baja Edad Media asturiana y española y contextualicé al conde Coalla e intenté comprender el porqué de su conducta violenta y criminal. Y esta obra es el resultado.

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Carl Crimberg

Tiempo de cambios

Si no conseguí una biografía definitiva sobre Gonzalo Peláez de Coalla, al menos sí presento a los lectores un trabajo divulgativo bastante completo que intenta con honestidad acercarse a un hombre y a una época muy compleja de cambios sociales y económicos difícilmente asimilables por esos guerreros norteños  que veían llegar el fin de sus tiempos. Crisis de la Edad Media en su última etapa en la que los valores cambian y en donde asoma ya el mundo moderno, el del Renacimiento y el resurgir del comercio y con él  las ciudades.

Por otro lado quiero hacer una salvedad respecto al título de “conde” del protagonista de esta historia. Los documentos históricos que han llegado hasta nuestros días y hablan de Gonzalo Peláez de Coalla nunca le citan como “comite”, como sí lo hacían 150 años antes los de su homónimo, al que se describía como “Comite Gundisaluuo Pelaiz”. Su condición de noble no se pone en duda, ya que sí se menciona que tuviera vasallos. En este sentido nos posicionamos a favor de la tesis de María Cristina Arca cuando dice que “debió de pertenecer a la clase de los caballeros, grado muy inferior de  la clase nobiliaria”. Refuerza más su creencia al destacar que los caballeros “eran una clase numerosa en Asturias de la Edad Media que no disponía de recursos suficientes como para llevar a cabo grandes empresas, tanto en el terreno económico como en el político; de esta manera se veían obligados a actuar por cuenta propia o al servicio de señores más poderosos, a los que no importaban mucho los medios de los que se tuvieran que valer sus secuaces con tal de defender sus intereses”. No obstante, le mantenemos el título de conde porque, por alguna razón que se nos escapa, (¿confusión con su homónimo?) la tradición popular siempre le llamó “el conde Coalla”.

Creo, además, que los que amamos la Edad Media nos merecíamos mayor información sobre este personaje, de triste pero perdurable recuerdo. No son pocos los asturianos de toda condición y cultura que, setecientos años después de acaecidos los hechos, saben algo de él. Alguna razón habrá. Su nombre maldito atravesó con éxito las barreras de la desmemoria y generación tras generación, ha llegado hasta nuestros días.

Me fascina la historia y especialmente la Edad Media. Siempre me gustó y ello por mi propia disposición natural para admirar el pasado pero sobretodo porque, en mi época de estudiante, primero en Bachiller y luego en la Universidad, tuve la suerte de toparme con buenísimos profesores.  Por otro lado gocé con la lectura de deliciosas obras de escritores como Indro Montanelli, Roberto Gervaso, Carl Crimberg o Eduardo Manzano. Fueron (en el caso de Manzano es) grandes divulgadores. Tampoco me quiero olvidar a los de casa, a los medievalistas Javier Fernández Conde o Juan Ignacio Ruiz de la Peña, más científicos pero imprescindibles para conocer nuestro pasado medieval. Todos ellos y muchos otros hacen que la Historia sea atractiva, interesante y apasionante.

He intentado hacer un esfuerzo de interpretación del personaje y su tiempo  porque en el cruce de los siglos XIII y XIV una legión de nobles europeos se dedican a asaltar caminos y a cometer fechorías en beneficio propio. Fue un fenómeno muy extendido, por lo que el conde Coalla (el malhechor más conocido de Asturias) es simplemente la expresión local de un fenómeno universal, o al menos occidental. Afortunadamente hay numerosos estudios históricos sobre el bandolerismo nobiliario de la Baja Edad Media, lo que me ayudó a comprender  la causa de la sangrienta conducta de nuestro Gonzalo Peláez.

Y junto a este conde, que no era más que un noble venido a menos, violento, astuto y con capacidad intelectual y material para forzar situaciones en aras de su interés personal, aparecen otros retazos biográficos esenciales para conocer la vida del de Coalla y especialmente dos: El obispo de Oviedo Fernando Álvarez y el señor de Noreña, don Rodrigo Álvarez de las Asturias a los que dedico sendos capítulos.

En cuanto al escenario o a los escenarios hay dos fundamentales: Oviedo, la ciudad de la Mitra, que vive el momento del despertar burgués, de la lucha interna entre los intereses de los ciudadanos y los de la poderosa Iglesia. El otro espacio en el que se desarrollan los acontecimientos es la puebla de Grado, una localidad que inicia también su desarrollo comercial y su crecimiento y que sufrirá los desmanes y excesos del conde Coalla. Los otros escenarios, esenciales en esta obra, son los caminos, el entorno rural de Oviedo y de Grado y los siete castillos del conde. Es en el campo que circunda estas dos poblaciones en donde las huestes de Coalla campan a sus anchas y desarrollan sus fechorías. Sus bosques, ríos, colinas y puentes están ligados a la criminal historia de los malhechores.

Oviedo, 25 de abril de 2012

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3 thoughts on “Coalla el sanguinario. Vida de Gonzalo Peláez, conde y bandido

  1. Gonzalo pelaez fue un noble que lucho contra los castellanos por restaurar el Reino de Asturies y librarnos del xugu castellan (yugo castellano). Dos veces planto cara a los extranjeros castellanos y una vez una flecha mato al caballo del rey de castilla de haber cambiado un poco la trayectoria hasta a esta hora la historia de nuestro pais seria bien distinta. Gonzalo Pelaez murio como un perro fuera de su patria asturiana intentando reunir otro ejercito para enfrentarse por tercera vez a los perros de castilla. Dejad de verter mierda y inventar la historia a vuestro gusto, para asesinos y ladrones los castellanos y por extension los españoles de hoy en dia. Honor a los que llucharon a lo llargu la hestoria por llibrar esti pais del xugu foriatu.

    ASTURIES ALIENDA ENTÁ.

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