Naranco inédito

IMG_6978

El monte totémico de los ovetenses, el Naranco, guarda rincones misteriosos, llenos de historias y leyendas. Cuevas, bosques, antiguas ruinas, arroyos de aguas cristalinas, y hasta su propia fauna salvaje: corzos, jabalíes, zorros… Pero a pesar de todo su encanto, parece que la ciudad vive de espaldas a él. Quizás ello forme parte también de su secreto, un secreto que algunos aventureros tratan de  descifrar. Porque el Naranco tiene sus amantes solitarios, como Víctor Monte, posiblemente la persona que más conoce sus rincones; o sus paseantes aventureros, como José, que a sus 93 años se le puede ver caminando a buen paso diariamente por los senderos más ocultos, entre eucaliptos y felechos. Al monte le ha salido también un club de fans, la Asociación de Amigos del Naranco, con casi un centenar de miembros, que se han erigido en custodios de este paraje tan urbano y tan salvaje a la vez.

Publicado en Oviedo Diario

Los principales enemigos del Naranco son las canteras, las motos, el urbanismo y las especies invasoras como el eucalipto. Contra ellos lucha esta pequeña guerrilla que componen los naranquistas. Unos, denunciando los intentos de ampliación de la cantera por parte de Arcelor. Otros, recogiendo basura, abriendo pasos cegados por la naturaleza y, el resto, simplemente creando una improvisada red de comunicación entre paseantes que van dando novedades sobre el acontecer diario del monte y que en ocasiones han sido de gran utilidad pública, evitando por ejemplo la propagación de incendios.

El límite a la civilización lo marcan los monumentos prerrománicos de san Miguel y Santa María. Hasta aquí y hasta las sidrerías del entorno llegan los visitantes, los turistas, y los vecinos que salen a dar un paseo y a contemplar las magníficas vistas de Oviedo protegido al Sur por la sierra del Aramo. El acceso al otro Naranco, al inédito comienza por detrás de San Miguel, un camino que sube pendiente hasta la parte trasera del Centro Asturiano. Al poco de ascender vemos un argayo y Víctor Monte, que hace de guía, explica que es una antigua galería que salía de san Miguel:

“Me dijo Vigón, un falangista que murió hace poco, que pudo entrar hasta la mitad de la cueva y que era una salida de emergencia de la época de los reyes asturianos”.

Sin apenas mostrar cansancio por la pendiente, Víctor Monte camina con las manos detrás, junto a su perra y va relatando leyendas, anécdotas y recuerdos de sus rincones preferidos. Llegamos a Valdecuevas, un paraje frondoso presidido por una gran cueva flanqueado por ablanos y cuyo acceso ha sido habilitado por este investigador autodidacta. “Aquí encontré yo fósiles que llevé al museo arqueológico”, dice. Víctor limpió el acceso a Valdecuevas hace 8 años. Desde entonces y cada poco acude a mantener el paso franco. Allí ha construido un refugio para la lluvia y ha plantado romero. También habilitó un pequeño altar con una cruz.  Para hacer todas estas obras utilizó las piedras que hay dispersas por el suelo, restos de la cantera que surtió el material de construcción de los antiguos sanatorios (hoy Centro Asturiano). Las explosiones de la cantera bloquearon la cueva, de la que se decía que atravesaba el monte de Sur a Norte. Hoy se puede avanzar hasta unos 100 metros aunque su acceso es complicado y “hay que ir preparado” explica este amante del Naranco, que conoció a Tito Bustillo y que realizó espeleología en su juventud.

Pero esta no es la única, aunque sí la más llamativa. El monte está lleno de cuevas, porque el terreno es de caliza y propicio para la existencia de abrigos y galerías subterráneas. La mayoría de ellas están ocultas por la vegetación.

La pasión por el Naranco le viene de Víctor de su tío Armando, que era montañero. En los años 80 del siglo pasado le enseñó todos los rincones misteriosos del monte y la mayoría de los senderos (hay numerosísimos caminos por ambas caras, aunque algunos están intransitables por la vegetación). Uno de ellos iba desde la finca Contriz hasta Llampaya, pero, a pesar de ser público, dice Víctor, “lo cerró un paisano”.

Una de las aficiones de Víctor es la de construir, con los elementos que encuentra en el monte, refugios para los excursionistas, por si les sorprende una tormenta, o necesitan descansar. En total ha construido doce en todo el monte. Todos ellos están equipados con ropa de abrigo, paraguas y camas por si alguien tuviera que hacer noche.

Pevidal

Los paseantes anónimos del monte se conocen entre ellos, pues suelen encontrarse en los mismos caminos y encrucijadas. No son muchos, pero se saludan y se comentan las novedades. El más veterano es José, que luchó en la guerra civil y al que le gusta recordar, sin detener el paso, algunas de sus historias; “me acuerdo que el café que tomábamos era de cebada tostada con tizón y que metíamos las pulgas en los cañones de los fusiles para, cuando se llenasen, disparar y matarlas”. Nos despedimos en El Pevidal, un pueblecito del Naranco que tiene unas 50 casas, para encaminarnos hacia la cumbre en dirección Norte. Allí vemos lo que queda de Casa Pacita, un chigre-llagar que tenía mucho ambiente. Corrían otros tiempos.

Al acceder a la cara Norte del Naranco lo primero que nos llama la atención es un cambio brusco: deja de oírse el murmullo de la ciudad y nos da la sensación de estar ya en pleno monte. Llegamos a otro de los refugios de Víctor, cuya puerta preside el cráneo de una cabeza de vaca. Éste lo construyó con planchas metálicas que estaban tiradas en la misma finca. El refugio está pulcramente amueblado, con cama y ropa, una mesita y carteles de fotos de Kappa y Cartier Bresson (Víctor es un amante de la fotografía).

Bajamos en dirección Norte y nos cruzamos con otra paseante, también conocida de Víctor, una gaditana que lleva años viviendo en una casa situada en la cima del monte. “¡Vaya cambio, de Cádiz a Asturias!”, dice. Tomamos un tramo del camino periurbano de 21 kms que va de Puente Viejo a Puente Gállegos, prácticamente nuevo, y por el que se ve algún ciclista y jubilados paseando, pocos “porque la mayoría de la gente de Oviedo desconoce que esto es transitable y piensan que está lleno de ortigas”.

Hacia Brañes divisamos un bosque de castaño y roble, el bosque de Ladines, de una gran belleza. En su interior alberga arroyos y fuentes y es como un pequeño paraíso prácticamente desconocido.

 

Los búnkeres

Enseguida llegamos al primero de los búnkeres del Naranco. Éste es de construcción republicana y su misión era contener a las columnas gallegas que venían desde el Oeste. La situación es estratégica y se domina, con amplia visibilidad, el acceso a Oviedo desde el Occidente. Esta edificación militar es ahora visitable gracias a los trabajos de limpieza de Víctor, que estuvo dos meses trabajando por amor al arte. “Antes no se podía entrar” dice, mientras coloca en el interior del nido de ametralladoras un cartel indicativo que se había descolgado. Junto al búnker hay un  cañón ficticio, construido también por él  y que le costó algún problema pues la guardia civil vio el “juguete” desde un helicóptero y pensó que era real,  mandando a una patrulla para comprobarlo. En total Víctor calcula que hay unas doce edificaciones militares por todo el monte y su objetivo es ir restaurándolas poco a poco.

En Pevidal llegamos a otro de los refugios de Víctor. Tiene revistas, paraguas y objetos varios que pueden ser útiles a los caminantes. “Siempre están aquí y si los cogen los devuelven”, explica y añade que nunca le han robado nada de lo que deja porque “hasta aquí no llega la gandalla, los que vienen son todos montañeros o gente amante de la naturaleza”. En el Pevidal hay numerosas edificaciones cerradas, antiguas cuadras que eran propiedad de los Masaveu y un gran chalet que nunca se utilizó. “Fue un regalo de don Pedro Masaveu hacia los años 60, a su hija, pero nunca lo habitó. Tenía un gran salón con chimenea. Se utilizó luego como cuadra”.

 

 

Neveros del XIX

En el Pevidal, una amplia finca vendida por los Masaveu al Principado, es donde está uno de los tesoros del Naranco: el nevero, un lugar que se usaba antes de la  electricidad o cuando su uso era aún minoritario, para guardar durante todo el año la nieve y tener así hielo para vender a las pescaderías y otros establecimientos. También Víctor ha acondicionado este resto del patrimonio industrial. Eran usados a finales del siglo XIX, como reza un texto del antiguo periódico El Carbayón, que Víctor colocó a la entrada del nevero para informar a los visitantes:

“Nieve natural. Desde el 23 del actual saldrá cada segundo día de esta ciudad un carro conduciendo nieve para la villa de Avilés”. (23 de mayo de 1887). Esta nieve la comercializada Ramón Aller y Rivero que era dueño de estos pozos y arrendatario de otros de Morcín y Bermiego (Quirós).

Los neveros están construidos con sillares en forma circular, a modo de una torre medieval pero hacia abajo. Tiene unos diez metros de profundidad y en ellos se depositaba la nieve, que antes se pisaba bien. Se iba colocando por capas con helechos entre capa y capa, lo que evitaba que se derritiera. Al estar situados en la cara Norte del monte y en zonas umbrías, la nieve se mantenía durante todo el año. Víctor restauró dos neveros, (uno en El Pevidal y otro junto al picu La Vara) y los señalizó y protegió para evitar accidentes. El de El Pevidal fue descubierto por casualidad por un cazador que seguía el rastro de un jabalí y estuvo a punto de caer en él. El de La Vara lo encontró tras seguir las indicaciones de un amigo que sabía de su existencia. Asegura que hay dos neveros más que no han sido descubiertos. Sin salir del Pevidal encontramos una fuente de agua potable proveniente de manantial y que según Víctor “es el mejor agua de Oviedo”. En esta zona había una mina de hierro que atravesaba el monte entero.

Acercándonos a la cota más alta de la sierra del Naranco, junto al picu Paisano, hay otra fuente en “la explanada” llamada El Xilguerín. Era la única toma de agua que tenían los militares cuando toda esta zona era un campo de maniobras del Ejército. Fue también recuperada por Víctor.

 

Olivo centenario

Bajamos ya nuevamente por la cara Sur, orientados hacia el Este, en dirección Puente Viejo. Por esta zona volvemos a oír el murmullo de la ciudad y vemos un paisaje más intervenido por la civilización. Antes de encontrarnos con la impresionante  cortada de la antigua cantera de Ensidesa, nos topamos con uno de los elementos misteriosos más increíbles de la excursión por este Naranco inédito: un olivo centenario con un tronco de impresionante porte. ¿Qué hace un olivo en el Naranco? Muchos se lo han preguntado y no han encontrado respuesta, pero allí está y por sus dimensiones parece tener cientos de años.

La antigua cantera, hoy abandonada,  se abre ante nuestros ojos. Ha dejado una huella indeleble en el paisaje que los pequeños arbolitos que han plantado para restaurarla no parece que vaya a borrar. Es un páramo desolado, un museo de enormes moles de piedra, como de ciencia ficción. Un paisaje lunar en medio de un monte rodeado de bosques. Una extraña sensación.

De la cantera parte un sendero antiguo que recorría el “trenecito” que llevaba el mineral de hierro del Naranco hasta la ciudad para ser transportado posteriormente a la Fábrica de Mieres. Ese sendero acaba conectando con la Pista Finlandesa, en donde aún se pueden ver las hileras de ladrillo macizo que marcaba la caja de la vía del tren.

Salimos del bosque y, al murmullo de las máquinas de las canteras de Arcelor se suma ahora el de los coches y el de los deportistas que corren por la Pista Finlandesa. Entramos de nuevo en la civilización apenas sin transición. El mundo misterioso del Naranco queda atrás mientras nos zambullimos poco a poco en la mole urbana, tan cerca, pero tan lejos.

Advertisements

3 thoughts on “Naranco inédito

  1. muy inspirador, dan ganas de recorrerlo entero. estuve ayer y vi la entrada hacia valdecuevas y por eso encontré este post. Saludos

  2. No creo que las motos sean un enemigo del naranco , es mas si a día de hoy conazco muchos caminos, refugios, fuentes, senderos…etc, es precisamente gracias a empezar a recorrerlos en moto

  3. Buenas, ya hace tiempo que había leido tu entrada sobre el Naranco. En su momento me llamó la atención el apunte sobre el olivo silvestre. Hace unos días di una vuelta y me acordé de él, así que me acerqué a la zona del cuartel de Llugarín. Creo que identifiqué el arbol al que haces referencia, pero tengo que decirte que no es un acebuche, es decir, no es un olivo silvestre, sino una acacia australiana. Eso si, llama la atención el porte del “bicho”, aunque se ha partido el tronco el dos y una de las cañas parece que se ha secado.
    Un saludo

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s